EMPECEMOS POR NOSOTROS MISMOS

Normalmente entendemos como acoso callejero aquellos “piropos” subidos de tono propinados en las esquinas, pero el acoso en las calles va más allá del vivido por mujeres de diferentes edades. Se extiende a personas juzgadas por su cultura, creencias, preferencia sexual, raza, condición física o hasta por su forma de vestir. Cualquier detalle que delate a la vista del otro, diferencias que no son aceptables, le hacen sentir que tiene potestad de irrumpir no solo con palabras, sino con acciones, risas o miradas que disminuyen al que no es aceptado. Eso también es acoso.
Detengámonos aquí por un momento y hagamos un ejercicio introspectivo. ¿Alguna vez sentimos ganas de que alguien se diera cuenta que su presencia no era aceptada? ¿Dejamos pasar o aceptado estas actitudes en personas cercanas a nosotros? ¿Alguna vez nos hemos burlado o hablado mal de alguien que vemos en la calle sin conocerlo? ¿Qué tan respetuosos somos nosotros mismos con los demás?

Tendemos a restringir las libertades de los demás por diversos motivos sin darnos cuentas:
– Porque no queremos pensar diferente de los demás o no queremos que los demás piensen diferente a nosotros.
– Porque inconscientemente deseamos imponer poder sobre los demás.
– Porque creemos que a la pregunta de cómo debe uno vivir tiene una sola y única respuesta. (1)

Pero más allá de imponer gustos o disgustos, todos queremos sentirnos libres de prejuicios y ser merecedores de respeto. Es en esa pequeña palabra “Respeto” en donde radica el cambio de actitud. Respetar a alguien es tratarlo con dignidad, donde hay respeto reina un ambiente cordial y amable, para hacerlo es importante ponernos en la situación de las personas que puedan resultar afectadas con nuestras acciones y dar a todos un trato digno. Ponerse en los zapatos del otro nos hará capaces de crear un espacio de respeto y libertad con los que nos rodean.

 

(1) Fuente Psykobloggers 2012-2014

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